Imagen: Zdzislaw BeksinskiDurante el tiempo que Sebastián estuvo dormido sucedieron varias cosas. De algunas de ellas tuvo una vaga conciencia. Más abrir y cerrar de puertas, pasos furtivos, luces que se encendieron y se apagaron. Sus ojos se negaron a abrirse en esos instantes. Un poco por cansancio, otro por una necesaria evasión de las circunstancias.
Oyó voces. Voces que le sonaron familiares, pero tan remotas que deseó que no lo fuesen.
En una de las visitas silenciosas que recibió esa noche -como si se tratase de un animal dormido al que no se lo puede molestar- se encontraba Sofía.
La adolescente fue conducida hasta la habitación en penumbras a través del tétrico pasillo sin demasiado tiempo para atisbar a su alrededor. Su amigo le fue mostrado como prueba de buena fe. Sebastián había sido arropado con una andrajosa frazada para ocultar sus ataduras.
Sin embargo, mientras Luca susurraba en su oído que guardara silencio e intentaba convencerla de que había cumplido su promesa de "invitar al profesorcito", Sofía se percató del color morado que presentaba la sien derecha del dormido.
Apretó los labios hasta hacerlos palidecer pero no pronunció palabra pese al dolor que esto le provocaba. Comenzaba a tomar conciencia de la dimensión del problema en que se había (los había) metido. Con un esfuerzo sobrehumano se tragó las lágrimas, logró esbozar una débil sonrisa y decir sin que su voz temblara:
-Muchas gracias, mi amor.
No le gustó nada la sonrisa que recibió a cambio. Rezumaba una insana ansiedad que la asustó mucho más que el hecho de que Sebastián se hallara en su misma situación. Esa sonrisa vaticinaba que cosas peores se aproximaban.
Fue conducida de vuelta mientras guardaba la secreta esperanza de no volver al cuarto pequeño. Cuanto mayor era el tiempo que pasaba ahí dentro, más lo odiaba. La claustrofobia se arraigaba en sus entrañas observando las paredes desnudas con restos de tiza que alguna vez contaron alguna historia.
No hubo suerte. Entró en el cuarto sin protestar. Estaba demasiado asustada y no quería que su voz la delatara. Se sentó en la cama, desolada ante la cruda realidad que su mente no terminaba de aceptar. Secuestrada. Secuestrada por idiota. Rompió a reir sin poder evitarlo. Las carcajadas invadieron su cuerpo proporcionándole una sensación de bienestar que duró segundos.
Al rato la misma risa se convirtió en horribles espasmos que no podía controlar. Se obligó a respirar hondo para serenarse. Se sentó en el suelo, apoyando la cabeza contra el colchón y cerró los ojos. No había espacio para que estirara las piernas y eso la hizo sentirse más encerrada de lo que estaba. Se recostó sobre el suelo, a lo largo de la cama. Poco le importaban ya asuntos tales como la higiene. Necesitaba expandirse, ocupar espacios no convencionales. Estiró un brazo hacia arriba y el otro bajo la cama. Sus dedos encontraron el oso de peluche que en algún momento de bronca fuera violentamente desterrado de la cama para luego ser olvidado. Lo abrazó contra su pecho. Era un consuelo pequeño pero necesario.
Luca caminaba en círculos por el caserón a oscuras como un león enjaulado. Los pensamientos se arremolinaban dentro suyo junto con los recuerdos, que en los últimos tiempos parecían aflorar sin permiso. Eso no estaba bien. Nada bien. Si algo había logrado con el tiempo era aprender a controlarse. La falta de control atraería el caos. No podía permitirse perder el control.
Sofía estaba más tranquila, pero no del todo... a él no podía engañarlo. Pudo notar la tensión en el cuerpo de ella frente a su amiguito dormido, hubo algo que no la convenció del todo. Pero no importaba... debía mantener una charla con el profesorcito. En cuanto amaneciera. Pero antes debía dormir un poco para despejar su mente. En ese estado era capaz que cometer alguna estupidez de la que luego no le sirviera arrepentirse.
Se sentó en el sofá junto a la entrada. No se animaba a dormirse en la cama, sentía que debía estar alerta ante cualquier movimiento en el exterior. Y en el interior, por qué negarlo... la casa se estaba poblando. Lo peor que podía hacer era confiar en que todos se hallaban dormidos y sin ansias de escapar ante el mínimo descuido de su parte.
Le costó un largo rato pero finalmente comenzó a cabecear. Una hora después, se hallaba dormido. No dejó de moverse ni murmurar en sueños ni un instante.
La luz del sol acarició el rostro de Sebastián y le impidió abrir los ojos de inmediato. Intentó girar el cuerpo y notó la presencia de la frazada que lo envolvía. Entonces comprendió por qué tenía tanto calor. El sudor empapaba sus sienes, contribuyendo al malestar general que lo embargaba esa mañana.
No estaba despierto del todo pero su mente le susurró que los fragmentos inconexos de la madrugada debían conformar una escena importante. La frazada no era una cortesía. Se había montado una farsa a sus expensas, de eso estaba casi seguro.
Sus manos estaban dormidas. Apenas podía mover los pies. El dolor en la cabeza había menguado lo suficiente como para que pudiera girarla sin que el mundo estallara en colores, pero aún le molestaba bastante.
Antes de que pudiera abrir los ojos se dio cuenta de que estaba siendo observado. Era una sensación sutil, como si quien estuviera allí supiera mimetizarse con el ambiente hasta volverse prácticamente invisible.
-Agua... por... favor...-logró articular. Tenía la boca tan seca que la lengua se le pegaba al paladar.
Un par de manos lo ayudaron a incorporarse con firmeza y habilidad. Un vaso rozó sus labios e intentó beber con mayor avidez de la debida. Sucedió lo inevitable: se atragantó y comenzó a toser.
Por fin pudo abrir los ojos. A su lado, Lu sostenía el vaso y lo observaba con intensidad.
-Más despacio la próxima vez, o no vas a poder tomar nada- le dijo en un tono tan neutro que lo obligó a volver a mirarla. Aún no podía articular palabra, así que sólo asintió y esperó a que el vaso volviese a acercarse. Esta vez fue más precavido y el líquido bajó con lentitud por su garganta.
Ella lo ayudó a incorporarse y se alejó con el vaso en la mano. Antes de que Sebastián pudiera formular alguna pregunta sucedió algo ante sus ojos que lo dejó mudo otra vez, cuestionándose la severidad del golpe recibido en la cabeza.
A medida que Lu se alejaba y se movía, mutaba. Se convertía en otra persona. Alternaba su forma con la de un hombre. Pero no dejaba de ser ella. Los cambios eran tan sutiles y a la vez tan definitorios que le provocaron una especie de horror visual que lo obligó a cerrar los ojos para evitar enloquecer.
El ser enfrente suyo rió. Fue una risa extraña, indefinida. Sebastián no supo cómo interpretarla. Creyó que si lo intentaba su cabeza explotaría. Volvió a abrir los ojos, el efecto no se esfumaba. Decidió esperar en silencio.
-¿Qué se siente? ¿Es tan perturbador como parece?- preguntó aquella cosa sin dejar de mutar. Su voz mantenía un tono neutro, imposible de determinarle género.- Tenés el privilegio de ser el primero en atisbar las dos caras de la moneda. Por lo que veo el efecto es intimidante. Pero voy a tener piedad y hacértela más fácil por un rato.
Sonrió y dejó de cambiar. Sebastián podía ver los rasgos de Lu en aquel rostro, pero sus gestos y expresiones desaparecieron dejando paso a aquel desconocido que bien podría pasar por su hermano gemelo.
-Vamos a hacerlo así porque no vas a querer escuchar todo lo que tengo para contarte de labios de Lu, una mujer que te importa más de lo que debería. Qué fáciles de engatusar son los hombres... las mujeres también a veces, pero algunas tienen una intuición que dificulta las cosas. En fin, ¿querés preguntar algo antes?
Sebastián parpadeó repetidas veces, esperando, deseando que ese rostro se volviera a transformar en el de Lu y así se quedara... que todo fuera un gigantesco malentendido. Pero no sucedió.
-¿Quién sos?- preguntó entonces con la voz ronca y odiando la respuesta de antemano.
-Esa es la pregunta del millón- respondió sonriente el hombre desde el otro lado de la habitación.- De momento digamos que soy Luca, lo cual es bastante cierto. Veo que te suena. Soy el preceptor de Sofía, tus sospechas no te fallaron del todo.
-¿Y quién es Lu?-se oyó preguntar Sebastián sin poder frenar las palabras que escaparon de sus labios.
-Para eso tenemos todo el día. Antes de que empiece a hablar necesito que queden en claro dos cosas. La primera es que todo lo que yo hago y lo que voy a pedirte tienen como resultado algo que ambos queremos: el bienestar de Sofía. ¿Entendido hasta ahí?
Sebastián asintió. El bienestar de Sofía era el bien común, de acuerdo. El resto no se lo tragaba. Pero no le quedaba más opción que escuchar lo que había que escuchar. Mientras asentía tuvo una horrible certeza.
-Veo que sí. Se leer rostros mejor de lo que muchos quisieran. Sos un tipo inteligente, sabés desde hace un rato lo que implica que te vaya a contar todo. Esa era la segunda cosa a dejar en claro.-explicó Luca sin dejar de sonreír con una mueca torcida que por suerte lo alejaba más del rostro de Lu.
-Sí.-respondió Sebastián, descubriendo que el miedo se estaba convirtiendo paradójicamente en todo lo contrario. Entonces dijo mirando a Luca directo a los ojos:- Significa que vas a matarme.








2 comentarios:
ándale...
luego de algunos capítulos el apuro se vertiginizó.
y ahora estoy ante el muro de la hoja blanca de leer.
quisiera comentarte muuuchas cosas respecto a tu narrativa, los personajes y la historia, sin embargo sería más cómodo saber si aun estás en esto.
hace más de un mes que no escribes...
muy interesante...
Hola, Niko.
Te agradezco muchisimo tus palabras y tu interés por la historia :) Sigo en esto, aunque se extiendan los plazos de entrega entre capítulos.
La inspiración me tiene un tanto abandonada, pero mis manos no saben quedarse quietas. Habrá más Sed, te lo aseguro.
Te invito a hacer todos los comentarios que quieras, sea aquí mismo o a la siguiente direccion de mail: sangraparami@hotmail.com
Gracias otra vez por tus palabras ^^
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